Los nuevos humanistas


Más que como una ciencia, me gusta ver la Historia como una ventana a la que nos podemos asomar los hombres para conocer nuestro pasado. Ya lo decía Salustio con esa famosa sentencia latina, Historia est magistra vitae. El historiador, si quiere aprovechar esa experiencia humana que nos han legado nuestros antepasados, debe preocuparse por cultivar un espíritu humanista, que hoy en día corre el peligro de extinguirse.

La universidad actual, y con ella muchos de sus profesores y alumnos, movidos por una corriente de modernidad y cientificista, tratan a la historia como si fuera ésta una disciplina científica en su sentido más puro. Tales son las corrientes marxistas que a pesar de los hechos de 1989 no nos han abandonado. Pero la coyuntura actual posmoderna, más centrada en criticar que en proponer nuevas ideas, es un campo a explorar por las nuevas generaciones de pensadores.

En primer lugar, para llegar a una nueva visión de los estudios históricos, pero también de otras disciplinas humanas, se tienen que retomar las aportaciones culturales de épocas pasadas. Y no porque seamos conservadores, sino porque una ruptura total de ese legado supone negarnos a nosotros mismos. Tenemos que volver a las raíces de Europa, estudiarlas, para después repensarlas y poder llegar a decir algo interesante a nuestro mundo y a las generaciones futuras. Es decir, tenemos que volver a leer a los clásicos y quitar de nuestras mentes los prejuicios que sobre el pasado podamos tener.

La importancia de leer a los clásicos está en que lo que ellos han comunicado, por su profundidad, ha pasado la crítica del paso del tiempo. Leer en el mundo de los intelectuales las obras griegas, a Ovidio, a Salustio, a los medievales y tantos otros, con una visión humanística, que me parece que es la clave de todo esto y a la que luego me referiré. Éste es el espíritu del Renacimiento que, debo recordarlo aquí, surge en el apogeo de la Edad Media.

Los intelectuales del siglo XII, en su mayoría religiosos cistercienses, y en el XIII dominicos y franciscanos, crearon unos centros donde se tratasen los temas más importantes sobre el hombre y su cultura. Las universidades, en efecto, no surgen única y principalmente para formar a una elite burguesa que surge a raíz del desarrollo comercial, sino como unos lugares donde se puede cultivar el espíritu y formarse. Su finalidad es dar una respuesta racional a la fe tan viva de la Cristiandad, a explicar el porqué, no sólo de Dios, sino de los hombres y de sus preocupaciones. Por ello, las universidades medievales recuperaron los clásicos grecolatinos, porque sabían que eran una piedra fundamental de la construcción de Europa. Trataron de conciliar la fe que vivían con la razón, pues sin duda, pensaban que ésta se tenía que poder comprender en mayor o menor medida.

Pero conforme avanzaban los siglos, ese apogeo intelectual se fue separando de sus bases iniciales. La Reforma del XVI suponía un alejamiento de la fe y la razón en el mundo europeo, que sólo se continuó en los colegios jesuíticos de la Europa católica. La secularización de Europa se fue acrecentando con las guerras, mal llamadas a mi modo de ver, de religión en el XVII. El golpe final lo asestó la Ilustración, en donde la fe quedaba excluida del debate intelectual. El mito del progreso era el único idioma que se hablaría desde entonces y surgieron nuevas ciencias, en su sentido más moderno, como la física newtoniana o la química, que tratarían de explicar el mundo desde la materia para lograr el progreso científico. Cuando este mito cayó se llegó a un pesimismo existencial que nos envuelve hoy en día. Todas las esperanzas estaban puestas en algo que se caía. Ahora bien, el corte al humanismo se había asestado mucho antes.

Lo que se ve hoy en día es una mayor especialización en el mundo universitario, algo positivo a mi modo de ver, pues se profundiza cada vez más en los estudios. Pero a la vez, tiene un grave peligro, fruto de la matanza humanista. Podemos estar cayendo en una visión de “canuto”, en centrarnos sólo en lo que nuestro microscopio alcanza a ver, olvidando el mundo que nos rodea y por lo tanto perdiendo el contacto con la realidad. Por ello, me parece, que los humanistas de hoy en día debemos recuperar nuestro verdadero espíritu y abrirnos a todas las posibilidades de la vida humana. El desarrollo universitario nos permite conocer cada vez más cosas y ampliar nuestro bagaje cultural para entender mejor los problemas de los hombres y poder así dar una respuesta más adecuada, más acertada. Para ello, tiene que resurgir la figura del humanista que se decide a retomar la filosofía, la literatura, la oratoria, la historia. El verdadero humanista no se desentiende de nada, sino que busca conocerlo todo. Éste espíritu latía en el París del XIII y no en el de 1968. El primero forma a personas, el segundo destruye el diálogo que la universidad intenta tener con el mundo que le rodea.


Mariano Almela
Estudiante de Historia en la Universidad de Zaragoza
               
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