El atardecer de los escritores


La primera tarde de septiembre Enrique recorrió el camino de todas las tardes del curso. Después de dos meses fuera recuperaba la costumbre que siempre recordaba con placidez en clase: “el atardecer de los escritores”, como lo había llamado el profesor, el otro participante. Mientras pisaba las hojas de color de estaño y de oro que cubrían la tierra del camino, produciendo un susurro crujiente, el joven universitario veía pasar por su mente momentos de escritura febril con la pluma de su abuelo, de hojas arrancadas de su cuaderno de pastas negras perdiéndose entre una ráfaga de viento, de recitales con voz temblorosa; también de miradas pensativas, con las cejas grises muy juntas, del profesor de Literatura, de lecturas de poemas con voz grave y cálida, de leyendas y batallas, nobles y trotamundos, cabañas, castillos y tabernas.

Enrique dobló el último recodo del camino y miró tras los gruesos robles que ocultaban el banco de piedra en que se sentaban, aquel en el que siempre, desde hacía dos años, el profesor le esperaba con una hoja de color hueso en blanco.

Pero en el banco no había nadie. Enrique se paró en seco ante la ausencia. Lo primero que pensó fue que había llegado demasiado pronto. Nunca, en las muchas tardes que había pasado en ese parque, había llegado antes que él. Además, la luz anaranjada del atardecer proyectaba ya la sombra del banco hasta el tronco del fresno más alto del parque, mientras que ellos dos empezaban a escribir cuando la sombra del respaldo de piedra llegaba a la raíz más cercana.

Bueno, quizá le había surgido algún contratiempo y no había podido ir. La única vez que eso había pasado, el profesor había enviado una nota a su habitación cancelando el encuentro. Pero hoy no lo había hecho. Enrique se acercó despacio al banco de piedra gris desgastada por la lluvia y el hielo con la libreta llena de relatos entre las manos. Al mirar de cerca, Enrique terminó por darse cuenta de que hacía tiempo que nadie, y por tanto, tampoco el profesor, se sentaba en ese banco. El musgo y una espesa capa de hojas secas cubrían el asiento y el respaldo, y la hierba, amarillenta pero fuerte, había crecido en ese pedazo de tierra que el roce de los dos pares de zapatos había dejado estéril.

En ese momento, Enrique comprendió que nunca más volvería a verlo. Nunca más escucharía sus consejos sobre su incipiente estilo ni su opinión sobre las últimas novedades literarias. Pero, al instante, recordó sus palabras en una fría tarde del pasado invierno. “El atardecer de los escritores nunca acabará”. Por eso, Enrique limpió de hojas el banco, se sentó, abrió la libreta y la pluma, y siguió escribiendo donde su profesor lo había dejado.
Aurelio Ruiz Enebral
Estudiante de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Premio de Acceso a Estudios Universitarios 2008. Ganador del XXV Concurso de Cuentos de Besana.
               
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